Los chilitos de biznaga

 Los chilitos de biznaga

Sergio Augusto Vistrain

Av. Pirámides

Poco antes de llegar a este punto, sobre la carretera que va de San Juan Teotihuacán, a la Pirámide del Sol, del lado izquierdo hay unas cuevas en una zona donde luego se ubicaba el Jardín Didáctico de Cactáceas, hacíamos uno de los más memorables paseos familiares.

Iban mi abuelita Soledad, mi tía Lupita, mi tía Pilar, mi tía Raquel, mi mamá y, por supuesto, mi papá, pero no faltaban los tíos, Luis y Agustín, aunque alguna vez nos acompañaban, ya fuera el tío Mariano, el tío Pedro, el tío Brígido, el tío Cipriano, o la tía Benita, desde luego, con sus respectivos hijos. Todo era cuestión de que estuvieran presentes en la casa, en la época apropiada.

Foto tomada de la revista Naturalista


La época del inicio de las lluvias era la época ideal para ese paseo, pues era cuando la naturaleza indicaba a las biznagas (esas plantas cactáceas de forma semiesférica, de unos 30 a 50 cm de diámetro) que era el momento de la reproducción, para lo cual se valían de la producción de unas vainas de color rojo intenso, que medían aproximadamente 2 a 3 centímetros de largo, con un diámetro de unos 3 o 4mm, rellenas de pequeñas semillas, y cuya base tenía forma de punta, mientras que la parte más alejada de la planta semejaba una pequeña flor de color marrón.

A estos pequeños frutos en el pueblo los llamábamos “chilitos de biznaga”, precisamente por tener la forma de un chile, aunque con una diferencia fundamental pues, lejos de picar, tenían un sabor dulce o, mejor dicho, agridulce, muy agradable al paladar.

Por su color, estos frutos eran fácilmente avistados por los pajarillos quienes, luego de comerlos, eran los encargados de dispersar las semillas de la planta, aunque por su sabor, eran muy, muy apetecidos por los niños (y también los adultos, pues también fueron niños), razón por la cual, pese a crecer muy celosamente resguardados por las agudas espinas de la biznaga, nada nos persuadía de recolectarlos y comerlos, como la más deliciosa golosina.

Dichas espinas, que sí eran bastante agudas y punzantes, y especialmente las más grandes, eran muy codiciadas por los mayorcitos pues, tras hacernos de alguna de éstas, la convertíamos en la mejor “herramienta” para sacar hasta los chilitos mejor resguardados, especialmente cuando ya sólo quedaban los más pequeñitos; los que aún no sobresalían de entre las peligrosas uñas de la esférica planta verde.

La recolección de los chilitos de biznaga era el propósito esencial de esos paseos, aunque pocas veces llegábamos a casa con algún chilito qué comernos, ya que todos, o la gran mayoría, los consumíamos, conforme los íbamos recogiendo o, como mucho, en el camino de regreso. Pero era uno de mis paseos favoritos, un tanto por la delicia que representaban dichos frutos, y otro tanto por la convivencia familiar, sin que ello obstara para que lo viviéramos como una verdadera aventura; la de los chilitos de biznaga.

Reflexionando un poco sobre lo aquí relatado, no puedo dejar de pensar en lo fácil, y nada costoso, que era para aquellos niños, y aquellas familias, pasar tardes completas conviviendo y disfrutando, sin necesitar ninguno de nosotros de todos esos bienes y adelantos tecnológicos, de los que hoy difícilmente podemos prescindir.


FIN


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