El salto del chapulín

El salto del chapulín

Sergio Augusto Vistrain


Fotografía publicada con el permiso de su propietario**


Cuando mi hermano Víctor y yo teníamos 10 y 9 años de edad, respectivamente, íbamos gustosos al rancho que mi padre tenía en renta en el pueblo de Santa María Coatlán, municipio de Teotihuacán. 


Disfrutábamos montar a caballo, nadar en el estanque, beber leche de las vacas, cosa que conseguíamos acercándonos a donde las estaban ordeñando, para lo cual pedíamos un vaso a Don Eligio que era el encargado de la operación del rancho, o a su esposa y Jorge, que era quién ordeñaba, nos la servía, dirigiendo el chorro del lácteo, directamente de la ubre, a nuestro vaso. 


Muchas otras actividades y aventuras realizábamos durante nuestra estancia dentro de las instalaciones y terrenos del rancho, razón por la que nos encantaba estar ahí. Ah, pero también nos tocaba participar en diferentes trabajos, algunos duros y pesados, mientras que otros no tanto. 


Entre estos últimos, recuerdo muy vívidamente cuando era momento de cosechar la alfalfa. Don Víctor, mi padre, junto con el tío Agustín, iban adelante cortando la verde hierba, valiéndose, uno de ellos, de la guadaña y, el otro, de una hoz. Detrás de ellos, mi hermano y yo íbamos cada uno con un bieldo (un cuatridente), levantando la alfalfa que ellos iban segando, y formando pequeños montones, mismos que el tío Luis venía levantando para depositarlos, ya fuera en la carretilla, o en la caja de carga de la camioneta Austin que mi padre había comprado para ese y otros propósitos, mismos que, hay que decirlo, distaban mucho de ser un instrumento más para la diversión de sus inquietos hijos. 


Pero en lo que quiero enfocar mi atención en este relato es en algo que, dicho sea de paso, me hacía sentir una cierta pena. 


Resulta que, mientras avanzábamos, el suelo delante de cada uno de nosotros estaba plagado de chapulines (saltamontes*) cuyo color simulaba casi perfectamente el verde de la alfalfa. Eran más redonditos que el chapulín común; más anchos de la parte media y no tenían alas, por lo que no eran capaces de volar y solo podían caminar o saltar. 


Cada uno de esos cientos de insectos del campo, de alguna manera sentía amenazada su vida debajo de nuestros pasos y, por esa razón, saltaban de una manera increíblemente rápida y oportuna, poniendo así su vida a salvo… la mayoría de las veces. 


- ¿La mayoría de las veces? 


- En efecto, no siempre. 


El punto aquí yace en el hecho de que, una vez en el aire, este tipo de chapulín no tiene forma de cambiarle nada a su salto; ni la dirección, ni la velocidad, ni la distancia, ni el punto donde aterrizará, razón por la cual puede decirse que su suerte está echada, así es que tiene una alta probabilidad de salvarse de ser pisado por un pie, e ir a caer justo debajo de otro que terminará aplastándolo y acabando con su vida, que es exactamente lo que solía ocurrir; saltaban por no ser aplastados por el pie de mi hermano, y terminaban aplastados por el mío. ¡Una verdadera pena! ¿No? 


La enseñanza que esto me deja reza de la siguiente manera: antes de arriesgarte en alguna aventura, debes tratar de prever su resultado. No te vaya a salir peor el remedio que la enfermedad.

Moraleja:

Antes de saltar, mira bien dónde vas a aterrizar.


22 de enero de 2023. 

 

Nombre científico: Sphenarium purpurascens
   Reino: Animalia
   Filum: Arthropoda
   Clase: Insectos
   Orden: Orthoptera
   Familia: Pyrgomorphidea
   Investigación y revisión técnica: Biólogo Fermín Hugo Gómez Monterrubio

** Propietario de la fotografía: Roberto Arreola, recuperada de https://www.naturalista.mx/observations/2104023, el 23/01/23 


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